El Dakar y las carreras en Africa han marcado mi vida. Desde hace años deseo escribir algún documento, un libro, que permita mantener viva la historia de aquel Dakar que en Africa y antes de que llegasen los GPS y la avalancha de tecnología, la palabra aventura tenía su máxima expresión.
La mejor manera que encontré de trasladar “aquel otro” Dakar, es a través de una novela en forma de una carta escrita a una mujer llamada Tierra.
Espero que esté terminada para principios del año próximo.
Las memorias son las mías, pero el personaje es distinto a mi. Os adelanto el principio que espero que os agrade.
CAPITULO I
EL AFRICANO
Tierra:
He escrito pocas cartas a lo largo de mi vida, de todas, esta contiene las palabras más difíciles que nunca he escrito, porque las lanzo hacia un universo desconocido, con la esperanza que quien las reciba sea capaz de apreciar el sentimiento y sentido con que las he escrito.
Probablemente debería haber escrito más, pero en aquellos años viví con tanta intensidad, que me pareció tener pocos motivos para hacerlo y me olvidé de personas que hoy son irrecuperables.
Para ti soy un desconocido y tal vez no comprendas porque te he dirigido esta carta, pero debes saber que eres la única persona que puede mantenerme en contacto con esa sociedad ajena a mí y por radical que pueda parecer, serás tú, o no será nadie.
Te pido que no rompas esta carta antes de leerla. No lo hagas por favor, necesito que la leas. Si la rompes, si no la lees, no se a quien recurrir, eres mi única esperanza, eres el mejor recuerdo que guardo de esa otra parte del mundo.
En este momento de mi vida, en que ya había dejado todo el equipaje y las esperanzas de futuro al otro lado del mar, sólo un nexo, que no soy capaz de definir, me ha despertado esperanzas de que tal vez merezca la pena reconsiderar una cierta perspectiva para mi vida futura, justo ahora que sólo deseaba vivir en Ramlia, este rincón del desierto, de África, donde quedarme para siempre, con mis amigos, para los que sigo siendo el Africano, un hombre como ellos, respetado y querido, no una pieza de museo o un guía turístico de lujo, con el que los más snobs deseaban cenar o viajar.
Es curioso que el apodo del Africano, inventado por la prensa, durante mucho tiempo no me gustó y sólo lo empecé a aceptarlo cuando lo escuché a la gente de Ramlia.
Aquí me quieren y me cuidan, por lo que soy, no por lo que fui.
Tal vez te parezca extraño recibir este sobre, especialmente porque a lo largo de nuestras vidas sólo hemos estado juntos en dos momentos, en aquella cena en casa de mi hermano Jorge y aquel encuentro fortuito en el aeropuerto que acabó con un café.
Entiendo que, en realidad, para ti soy un extraño, tan lejano, tan desconocido que he pensado podría darte miedo. No temas, no soy un hombre de temer, siempre he intentado ser una buena persona, aferrado a esos principios que mis padres grabaron en el alma, como quien programa un robot, un androide.
Te escribo desde muy lejos, tan lejos, que tengo dudas de que esté grueso sobre llegue a tus manos y acudo a ti después de tres meses de reflexión, de negación, tras negación y de recuperación de la esperanza cada vez que caía en la desesperación, rozando la depresión, un estado al que jamás pensé que un hombre como yo podría llegar.
Intento establecer el vínculo contigo por un deseo material, una necesidad egoísta y que tal vez juzgues banal. Y también, acudo porque siempre te tengo presente, aunque con el tiempo se me desdibuja las facciones de tu rostro, tus gestos. Siendo sincero, debo decirte que tal vez el primer argumento no se justificaría sin el segundo.
Desde que te conocí, te he tenido presente. Tal vez sea un atrevimiento decirte todo esto, tal vez este fuera de lugar e incluso puedo llegar a ser maleducado, sabiendo que tienes una relación sentimental con otra persona, pero desde este punto del desierto tan lejano, tan olvidado y desde la perspectiva de un hombre como yo, que ya lo tiene todo perdido, sólo posee un derecho casi desesperado, la sinceridad.
Después de mucho pensarlo, he tomado la decisión de escribir mis memorias. Tras 15 años de vivir totalmente sumergido por la pasión de las carreras de coches en África, todo se acabó. Llegó la tecnología y nos apartó, nos fulminó, acabó por destruir, por convertir en polvo, el enorme valor que tenía nuestra experiencia acumulada durante años y años, kilómetros y kilómetros, riesgos y más riesgos.
Si tuviera que conservar sólo dos recuerdos del conjunto de toda mi vida, probablemente serían el amar y el llorar. He amado con tal intensidad a las personas y a las experiencias que me han rodeado, que cuando las he perdido he caído en desconsuelos inmensos, que me condujeron a refugiarme en infinitas lágrimas.
Amar y soñar. En el fondo pienso que he tenido una vida apasionante en la que, a pesar de lo que llegué a creer, no he sido el protagonista, he sido un simple actor interpretando apasionadamente a un personaje único, casi un héroe; el Africano. Pero un actor en definitiva, que al término de la obra, cuando sale del camerino, se quita el maquillaje y pisa la calle, se encuentra con una vida vacía, anodina, triste y solitaria.
Lo triste es que durante los 15 años en que estuve haciendo el papel del Africano, pensé que sería para toda la vida y que cuando dejase las competiciones ya tendría una prolongación paralela que me permitiría seguir vinculado a la representación del personaje. Sin embargo no ha sido así y me he refugiado en el único rincón del mundo donde todavía el Africano es respetado, valorado y querido; Ramlia, un lugar del desierto marroquí, justo en el linde de la frontera con Argelia donde no ha llegado la luz, ni el agua corriente, ni, por supuesto, el teléfono.
Aquí con sus 52 grados de calor en verano y los menos 5 de invierno, me he refugiado para recuperarme de lo que pienso ha sido una depresión contra la que el “valeroso” Africano no ha sabido defenderse. Tal vez no ha sabido, porque simplemente no estaba en el guión de la obra, una obra que terminó de representarse el 16 de enero de 1992 en Ciudad El Cabo, hace algo más de dos años, donde uno de sus actores, el Africano, perdió su mundo para siempre y él, que siempre supo orientarse en los lugares más difíciles del planeta, no fue capaz de encontrar el norte en el mundo cotidiano, el mundo de los que habían sido sus seguidores.
Tengo 41 años, una edad que para la mayoría constituye el principio de la consolidación personal y profesional, sin embargo, para mí ha sido el final de todo y sólo me queda una misión que cumplir; escribir mis memorias, para que todos aquellos que lleguen detrás mío sepan que durante muchos, muchos años, los hombres fuimos capaces de vivir en el desierto desarrollando conocimientos y percepciones, como únicas herramientas para sobrevivir. Aquella forma de vivir nos producía angustias, miedos, pero los aprendimos a controlar, y ese control nos aportó unos conocimientos, una madurez, una fortaleza imposibles de aprender en ningún otro lugar. También nos aportó unas experiencias que se grabaron a fuego en nuestras vidas.
Cuando hace dos meses, me puse a escribir en una vieja máquina mecánica, con papel y cinta de carbón, porque en Ramlia la electricidad es un lujo, me di cuenta que era un ignorante, no sabía trasladar a papel todas las emociones y sentimientos que he percibido durante tantos años. ¿Cómo lo podría hacer?. Quiero, debo hacerlo, pero nadie me ha entrenado para esto, nadie me ha explicado como vaciarme a través de las palabras, de las expresiones, no sé hacerlo, ¡Dios, no sé hacerlo!.
Tierra, por favor, ayúdame. No me queda más misión que escribir este libro y sólo tú puedes ayudarme.
Hace tiempo mi amigo y editor me dió un sabio consejo; “Juan, escribe una larga carta, una carta dirigida a una persona imaginada, ficticia, que a través de tus emociones, tus sentimientos, tus experiencias intentes conectarla, emocionar y si es posible enamorar”.
A quién le iba a dirigir, ¿a mi hermano Jorge?, sangre de mi sangre, sería como escribirme a mi. A mi copiloto Rosend, que todo lo que he vivido ha sido en plural, ha sido mi otro 50%, lo sabe todo, lo conoce todo, ha reído, sufrido y llorado conmigo. No, no me veía capaz de escribirle a él. A Laura, la mujer con la que viví 7 años de pasión, de amor, a la que me entregué como nunca, pero que no entendió mi vida, supongo que porque era imposible entender que se pudiera tener dos pasiones y convivir con ambas. Fue fantástico, pero pasó y aunque tengo un recuerdo maravilloso, ella no perdonó mi oposición a tener un hijo y todo se rompió. ¿Cómo podía aceptar la responsabilidad de un hijo, cuando cada día, a mi espalda, llevaba 500 litros de combustible de alto octanaje y cada año estaba más de 8 meses en Africa?. Es una mujer excelente, la añoré y lloré durante mucho tiempo, pero a ella tampoco podría escribirle.
Tierra, lo que no sabía el editor es que durante estos meses he sido incapaz de escribir a una mujer imaginada, porque cada vez que lo intentaba tú eras la mujer imaginada y por ello tomé la decisión de escribirte a ti, sólo a ti.
Me ha sido imposible no recordar a Bernal Díaz del Castillo, un lugarteniente de Hernán Cortés que escribió sus memorias a los 75 años, ciego y dictándoselas a su sobrino. Las redactó para dejar constancia de una historia única, la conquista de México. Salvando distancias y dimensiones, creo que debo escribir estas memorias porque estoy seguro que la tecnologías emergentes cambiarán el mundo, ya nada será igual y el valor de los conocimientos conseguidos con estudios, con experiencias acumuladas con los años, con las vivencias, dejarán de tener valor y es imprescindible que otras generaciones sepan que existió un Dakar distinto, dónde el conocimiento de los colores, los olores, la textura de la arena, los relieves, las sombras, servían de herramientas imprescindibles para sentirte seguro y protegerte de los riesgos en el desierto.
Tierra, supongo que por los años que he estado expuesto a grandes riesgos, debo haber desarrollado un instinto especial que intenta avisarme cuando estoy en situación de peligro y eso es lo que me ocurrió antes de iniciarse mi última carrera…
DAKAR.
NAUFRAGOS DEL DESIERTO